Varias veces he leído esta frase que se le atribuye a Nelson Mandela:
«No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado para darte cuenta de cuánto has cambiado tú».

En nuestra vida, y más cuando te acercas a los 60, recordamos momentos de juventud e incluso de la infancia que consideramos que se conservan intactos. Yo no creo que sea del todo así. Más bien recordamos muy bien puntos de anclaje donde hay huecos o detalles que se perdieron con el tiempo pero que los vamos rellenando con elementos actualizados para seguir conservando el recuerdo. Como cuando vemos el esqueleto de un dinosaurio de un museo arqueológico cuyos huesos originales se entrelazan junto con otros elaborados por artistas plásticos y arqueólogos para darnos una idea de la estructura ósea original más o menos aproximada.

Si nos vamos al terreno de los viajes nos pasa lo mismo y, quizás con un componente mayor en lo emocional. Volvemos a un viejo destino y nos dejamos llevar por la fuerza de las emociones de aquel momento y las deseamos llevar hasta la actualidad para mantenerlas vivas. ¿Pero qué pasa? ¿por qué ya no nos encontramos con aquello de nuevo? Y sí, los lugares permanecen y nosotros también, pero nos aferramos a repetir aquellas emociones.
Una vez escuché de Sabino Antuña conocido como Sabino el viajero en un encuentro de viajeros en la localidad tarraconense de Altafulla una frase que decía:
«Quedémonos con ese momento de un viaje que nos transformó, que nos encandiló. Como aquel primer beso de tu primera novia de la adolescencia que ya no se volverá a repetir pero, cuya emoción la guardarás contigo por siempre»
Por cierto Sabino, para mí, junto con Jorge Sánchez y Agustín Chaler componen los tres grandes tenores en cuanto a los viajeros españoles.

Esta frase, tiene mucho que ver con los que os contaba de obstinarnos en vivir y sentir las mismas impresiones cuando regresamos a una lugar que nos conmovió. No, de ninguna manera va a ser lo mismo.
Ni el asequible hotel Asia de Singapur de Orchid Road que siempre me hospedaba y que ahora es un bloque de apartamentos existe, ni la cantina de la estación de Balmaseda donde Doña Emilia servía aquellos suculentos bocatas de tortilla de chorizo existe, ni el restaurante ZAS de Zacatecas donde servían aquellos tacos dorados con salsa de guacamole y crema y que ahora es una sucursal bancaria de Banorte existe.

Ya no nos encontraremos con muchos lugares que conocimos que eran más que unos simples lugares físicos. Tampoco muchos momentos como los viajes nocturnos por tren en España de 8 horas que, desde Madrid, te llevaba a los amaneceres de Santander, Valencia o Granada.

Cuanto más viajo en AVE, más recuerdo aquellos viajes de la mili en expresos de segunda clase donde, si tenías suerte, cenabas de lo que te compartían familias de tu compartimento y bebías de su bota de vino.
Todo eso es cierto. y sí, como viajeros también cambiamos, evolucionamos con el tiempo. Nuestros sentidos, gustos, nivel de sacrificio y comodidad y la manera de interrelacionarnos con los nativos no son los mismos con el paso de los años. Muchos hablan de lo que era viajar en analógico en los 80 y lo que es ahora con el smartphone; de la democratización del viajar o de la manida globalización que nos hace ver el Starbucks en cualquier rincón del planeta.

Y puede que también cambiemos la forma de viajar: aquel turista que contrató su primer viaje organizado a Cuba a principios de los 90s y que llevaba un maletón a pulso se parece bien poco al viajero al que me fui transformando hasta la actualidad con mochila ligera y sin facturar.
Somos nómadas de lo que somos y viajamos por un mundo que cambia en un constante movimiento social, cultural y climático más allá de sus rotaciones y la geodesia.
Nos damos cuenta de que no existe un solo «lugar », sino múltiples versiones entrelazadas que se construyen y reconstruyen a través de nosotros y de quienes habitan esos espacios.

Revisitar un lugar es, en definitiva, un viaje por el interior; un perverso espejo donde se reflejan nuestras propias mutaciones y la inexorable capacidad del mundo de seguir cambiando.
Lo importante es tener presente que nada va a ser ser lo mismo y quizás sea mejor así. Se nos abrirán otras puertas que estuvieron cerradas con anterioridad y quizás para ver y sentir algo diferente, algo mejor.
¿Y tú? ¿Qué piensas? ¿Cambió el lugar? ¿Cambiaste tú?…
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