TRAVESÍA POR EL AMAZONAS PERUANO.

 PERÚ, Febrero 2011
Con frecuencia, la sabiduría y la experiencia de verdaderos viajeros con los que nos encontramos por muchos rincones del planeta nos provoca el ansia de ir tirando de los hilos que dejan sus relatadas vivencias, y que te llevan al ovillo de meterte a vivir en persona el éxito de viajes ajenos.
 Eso precisamente me ocurrió con Genaro, un jubilado madrileño que me encontré un día en la norteña ciudad argentina de Posadas. Genaro es un viajero que no tiene ni blog, ni twitter, ni facebook, no  lleva cámara ni tarjetas de crédito en sus viajes. Tan solo porta una minimochila con el tamaño para facturar en la cabina del avión, y viste de una manera tan sencilla que nadie  lo reconocería como viajero, y mucho menos como turista. Con más de cien países visitados es la persona que he conocido personalmente en mi vida que más ha viajado por el planeta.
Muchas fueron las conversaciones en las cuatro horas que tardó el bus en el cual coincidimos desde Posadas a Corrientes, que se me hicieron como cinco minutos de todo lo que aprendí de él.
Precisamente me comentó de un viaje que me dejó prendido y que nunca olvidaría.
Iniciar el viaje desde Lima, buscar el norte llegando  por la costa  hasta llegar a Trujillo, y después a Chiclayo conociendo obviamente la exquisiteces arqueológicas de la zona. De Chiclayo adentrarse por el interior pasando por Chachapoyas, Tarapoto y Yurimaguas. Una vez en Yurimaguas, donde uno toma contacto con el Rio Huallaga que va a dar al Amazonas. Recorrer el mismo en barcos fluviales atravesando ciudades de Perú y Brasil como Iquitos, Tabatinga, Santarem, Manaos hasta su desembocadura en el Atlántico ya al norte de Belem. Una ruta que le puede llevar a uno en unos veinticinco días a encontrarse con el Océano Atlántico.
Ya en la cubierta ,esperando para zarpar desde Yurimaguas.
En mi caso, mi viaje lo inicie fielmente a su itinerario desde Lima, pero lo finalicé en lo que llaman las tres fronteras donde se juntan los tres países de Sudamérica Perú (Santa Rosa), Colombia (Leticia) y Brasil (Tabatinga).
En este caso voy a centrar mi relato en el tramo fluvial que me llevara hasta la ciudad amazónica de Iquitos desde Yurimaguas.
Tras un viaje nocturno en Bus de catorce horas desde Chiclayo hasta Tarapoto, arribé a Yurimaguas tras recorrer dos horas más en taxi compartido con una madre y sus dos niños que conocí en mismo Tarapoto mientras comía en frente de la estación de taxis, y que también coincidiría con ellos en mi travesía amazónica.
Un buen pasatiempo era observar las reses.
Yurimaguas es una población de la provincia del Alto Amazonas con una bonita Plaza de Armas con su catedral de estilo neogótico, un interesante Mercado de Abastos donde encontrar desde toda la variedad de fruta tropical de la zona hasta calaveras de cocodrilos. Todo ello con el incesante ir y venir de motocarros que a más de uno le recordará a tantas ciudades asiáticas que utilizan este singular medio de transporte para trasladarse.
Pero donde más se puede respirar el movimiento comercial de la ciudad es en el puerto fluvial de donde salen casi a diario los barcos de carga y pasajeros que te llevan a la ciudad de Iquitos desde donde se puede continuar hasta Brasil.
Disposición de las hamacas a lo largo del interior de la cubierta.
En las inmediaciones del puerto existen muchos puestos de artículos útiles para hacer el viaje más confortable. Las hamacas no pueden faltar, toallas, mantelitos, vasos y tarteras de plásticos, cubiertos, etc.
También hay como merenderos y puestos de comida para comer allí y para avituallarse del largo viaje.
El barco que estaba dispuesto ese día para salir era de la compañía naviera de Gilmer pero en otro días puede ser de las Eduardo o Henry.
Su salida programada para las 10:30 no iba a cumplirse pues ya eran las 11 de la mañana y el puerto era un bullicio de gente que merodeaban la zona de embarque, todo ello entre hombres que iban cargando en sus desnudas espaldas sacos que iban metiendo en la bodega del barco. Otros con jaulas de gallinas y demás ganado pidiendo paso entre la gente que iba abordando.
Pasajeros haciendo fila a la hora del rancho.
El olor en la entrada del mismo parecía más parecido al de un establo que al de un barco.
Era momento de comprar comida, hamaca y manta ya que uno no sabía a qué hora iba a partir, y no era plan de quedarse en tierra. Me pusieron arroz con pollo en mi tartera, me compre un par de mangos y me fui ya al barco para coger lugar. Las hamacas que vendían eran de varias calidades, pero con una de unos 30 soles (10€) fue suficiente, pensando que en algún momento de la travesía debiera desprenderme de la misma.
Hay mucha gente que desde la noche anterior ya duerme en el barco y se reserva los mejores sitios.
El acceso al barco es totalmente libre y nadie te pide billete. Es cuando hay que buscar un buen lugar para colgar la hamaca donde hay que atarla y sujetarla a unas barras que tiene la cubierta ex profeso.
Requerí de la ayuda de un chico brasileño que me ayudo a fijarla adecuadamente y una vez atada, dejé la mochila en el suelo y me fui a hacer una prospección más profunda del barco que por más de dos días iba a ser mi casa.
El barco cuenta en la parte inferior con una bodega cuyo interior va toda la carga de frutas, animales de corral y demás bienes. En la parte exterior de la misma y cercada se alojan las reses que yo conté como sesenta. En la parte superior de la cubierta está dividida como en dos zonas, la más inferior además de alojarse la gente en sus hamacas, dispone de una cocina y una pequeña tienda de venta de refrescos, helados, dulces y papas fritas.
LLegada a una aldea ribereña.
En la más superior está la cubierta dispuesta para alojar todas las hamacas. Hay también algunos poquitos camarotes que están disponibles para quien quiera mas intimidad y para el personal a bordo, pero por lo que vi desde fuera eran bastante espartanos y limitados, y con pinta de que se debe pasar bastante calor.
Algunos bancos para sentarse en la parte superior de la cubierta y unos cuatro “baño-váteres” muy básicos donde el agua marrón del propio río salía por una tubería arriba de la cabeza, y donde los desechos humanos retornaban al mismo sin ningún proceso químico. Después de las comidas es cuando más solicitados están dado que es donde limpian los utensilios para comer.
Ya pasaban más de dos horas desde la salida estimada del barco y fui a pagar el billete a un cuartito del propio barco, unos 110 soles (32€) cuyo coste incluía las tres comidas diarias y propio transporte.
Vendedoras ambulantes abordando el barco para vender comida y refrescos en las paradas.
Rondando la zona de carga vi como un oficial uniformado de la Armada que estaba con una libreta apuntando cosas, y tenía una lista con nombres, y le pregunté: “Señor, ¿hay que apuntarse o anotarse en algún lugar?” Y todo serio, con sus gafas de sol me miraba hacia abajo y me dijo: “Señor, es su obligación estar lista si quiere viajar”.
Volví rápidamente a cuartillo donde pagué y ya me anoté convenientemente. Se conoce que el señor era la autoridad portuaria que da el permiso para zarpar. De hecho a la media hora me vio y me preguntó: “¿Ya se anotó?”
 
Niña vendiendo cocos en la cubierta.
Ya era casi las dos de medio día y parecía que la mercancía ya estaba acomodada. Ya no se veía movimiento de pasajeros  que entraran ni salieran del barco.
Tras un bocinazo, zarpó con casi tres horas de retraso. Poco a poco la Perla del Huallaga, como cariñosamente llaman a Yurimaguas, se iba alejando, y el color de las casas de la ciudad que se iba avistando desde la popa de barco se tornaba cada vez más en la imagen verde y frondosa de la selva.
Por más de un día tendría que surcar el río Huallaga aguas abajo para encontrarse con el Marañón, ríos que aunque no tienen la denominación de Amazonas, son tributarios del mismo que van a confluir con él más adelante. El Amazonas aguardaría para el último día antes de llegar a Iquitos, todo ello en territorio peruano durante toda la travesía del recorrido.
En dos días y medio aproximados que me esperaban para llegar a Iquitos me hacía plantearme algunas preguntas como qué hacer durante ese tiempo, sobre todo porque nunca había sido viajero de cruceros ni de grandes viajes barco.
Mujeres vendiendo carachamas.
La verdad es que la  vista es muy agradecida porque ves mucho verde por un lado y más de lo mismo por el otro, aunque al rato te empieza a dar la sensación que no vas a ver ya otra cosa.
La gente sacaba cosas de sus bolsas y mochilas que iban a necesitar y que ponían alrededor de sus hamacas para tenerlas a mano. Jóvenes pasajeros ponían sus reproductores de música a funcionar en el que los diferentes estilos de música se entremezclaban a lo largo de la cubierta. Otros encontraban entretenimiento observando el comportamiento de las reses que se veían desde la cubierta. Todas apretujadas, mientras un cuidador les administraba el agua y comida una a una para que todas se alimentaran por igual y ninguna le quitara el agua a la otra. Otras no perdían el tiempo y aprovechaban para aparearse en ese limitado espacio, y las que podían para quedarse dormidas.
Los niños poco necesitaban para hacerse amigos con sus semejantes de edad, y convirtieron la cubierta en un patio de colegio para jugar al escondite o al “pilla pilla”.
En muchas paradas daba tiempo a bajarse y rondar la aldea.
Entre tanto era muy fácil entablar conversación con la gente, sobre todo con las de las hamacas colaterales. En particular me relacioné con una joven pareja, ambos de la ciudad sureña de Tacna, y con Marcos, un chico de Tarapoto que iba a visitar a su familia de Iquitos.
Hay que tener en cuenta que esta ciudad está totalmente aislada del resto del país por carretera y sólo se puede acceder a ella por vía fluvial o aérea. Los pasajes de avión no suelen ser accesibles para mucha gente, además de que la mayoría de los vuelos salen de la capital y no desde otras ciudades peruanas. Sin duda el barco es el medio de transporte más utilizado por los habitantes de esta área del país, además de ser muy económico.
Hermoso atardecer amazónico.
De repente, fuertes y continuados golpes se escuchaban en todo el barco. Alguien golpeaba con insistencia la cubierta del barco cuyo sonido se transmitía por todo el mismo. Viendo que la gente abandonaba las hamacas y con sus utensilios de cocina se dirigían a la cubierta de abajo, no era difícil de presagiar que era el momento de la comida o del rancho como en realidad había que llamarlo. Me acordaba a mis olvidados tiempos de mi servicio militar en el Arma de Ingenieros en los que con una bandeja metálica te iban depositando el menú que hacían para más de cientos de personas, no sin antes hacer la cola correspondiente.
En este caso, cada quien llevaba su tapper o tartera. Después de guardar cola, te depositaban arroz con trocitos de pollo, pellejos y algún guisante que se dejaba ver.
Esta comida se repitió para comer y para cenar durante la travesía. La hora de la comida solía ser como a las doce del medio día, y poco más tarde de las cinco la cena.
Pasajeros jugando a las cartas para pasar el rato.
El desayuno era diferente, ya que en el tapper te echaban una especie de atole dulce con cierto sabor a canela y dos panecillos dulces.
Cada quien se lo tomaba en su zona de hamaca, la mayoría en el suelo, otros en las banquetas de la cubierta y muchos consumían  otros productos que habían comprado antes de abordar.
Recuerdo de un pasajero que vendía mangos a dos soles que tenía en una caja de madera. Puedo asegurar que fueron los más dulces y que más a gusto me comí en la vida.
Si hubo algo que le daba vida y rompía con lo monótono de la travesía fue sin duda cada momento que el barco paraba en las múltiples aldeas que hay a lo largo del río.
El tiempo de parada a veces se prolongaba casi hasta media hora, dependiendo de la entidad del municipio ribereño y del tiempo que se empleaba para la carga y descarga de la mercancía. Un buen momento que aprovechaban los lugareños para hacer negocio en el barco. A medida que el barco iba tomando posición para atracar se veía la multitud expectante por la llegada del mismo y una vez detenido abordaban el barco con celeridad vendiendo comida cocinada como carachamas  y demás pescados típicos del rio, frutas exóticas y refrescos.
Timonel manejando el barco, a menudo se relevaban.
Recuerdo en especial los zapotes que me encantaron por su sabor que no conocía, y los aguajes, estos por la dificultad para pelarlos y su intenso color de yema de huevo más que por su sabor. Además de plátanos y otras frutas más comunes.
Gracias estos vendedores ambulantes de comida, podía uno resarcirse del tedioso menú de arroz con pollo.
En alguna de estas aldeas como en Urarina recuerdo que daba tiempo para abandonar el barco y caminar un poco por las inmediaciones. Para quien disponga tiempo recomendaría hacer esta travesía poco a poco para conocer estas aldeas por su riqueza cultural donde habitan indígenas con su propia lengua y modo de vida que debe ser muy interesante conocer. Me quedé con las ganas de quedarme y adentrarme más profundamente.
Del mismo modo para estas poblaciones la llegada del barco es el momento para ellos mas ansiado del día, puesto que es el único medio de recibir bienes y productos manufacturados. No había más que ver a la gente, sobre todo los niños que rondaban por la zona de amarre.
Momento que cruzamos con el barco de sentido contrario.
En cuanto empieza a anochecer no se ve más luz de la que sale de las dispersas bombillas del interior de la cubierta. La temperatura desciende bastante con respecto al día. Es un momento para subir a la parte más superior del barco donde está situado el timonel y contemplar la belleza del espectacular cielo estrellado.

Ya de noche cabe decir que es cuando los mosquitos se suelen volver más activos y no está mal echarse una rociada de loción repelente por las partes descubiertas como cara y manos, en especial si el viajero no se toma las pastillas antimaláricas como es mi caso.
Poco a poco, la gente  va apagando las luces que cubre su área y una persona de la tripulación cierra con unas lonas desplegables la cubierta.
Tipicas casas de las aldeas amazónicas.
Ya es momento de meterse en la hamaca, cubrirse con algo para no pasar frio y dejar pasar la noche como buenamente se pueda. Dormir no es tarea fácil, aparte de la incomodidad que conlleva hamaca en sí, es frecuente escuchar ronquidos ajenos, lloriqueos de bebés o gente que sigue hablando. Otros que no apagan la luz porque se quedan leyendo algún libro. Unos buenos tapones para los oídos y el típico tapaojos para notar mas obscuridad ayudará para “mediodormir”.
Tómese en cuenta que el barco sigue parando en aldeas, y aunque sin ser la actividad del día, algunos vendedores ambulantes te despiertan al anunciar a viva voz su flan, coquitos troceados, etc.
Es muy conveniente levantarse un poco antes del amanecer y esperar a que aparezca el sol. Es sin duda uno de los amaneceres más hermosos que he visto, y al igual que el atardecer no tiene precio el contemplarlo.
Es momento de prepararase para deleitarse con el amanecer.
 Poco variaba la escena de un día al otro y al tercer día que iba a terminar el viaje tras el desayuno, me enteré por otros pasajeros que muchos se iban a apear en Nauta. Esta población a 100km de Iquitos está conectada por carretera con ésta, constituyéndose en una aislada carretera que une ambas poblaciones.
Viendo que por barco iba a demorar mi viaje unas ocho horas más y para no llegar por la tarde-noche a Iquitos, decidí apearme y dar por finalizado mi travesía fluvial. Consideré suficiente la experiencia de dos días navegando con el barco. Terminar mi recorrido fluvial en Nauta, me proporcionada disfrutar un poco más de Iquitos donde me aguardaba otras muchas cosas interesantes por vivir.
Llegada a Nauta, final de mi viaje fluvial.
Al descender del barco en Nauta se notaba que no era una localidad cualquiera. De hecho es donde propiamente el río comienza  a denominarse Amazonas tras unirse el río Marañón y Ucayali.
Una multitud de gente esperaba el barco y de nuevo como en Yurimaguas, muchos mototaxis esperaban a los viajeros para trasladarlos. Dos horas más en un taxi que compartí con una familia me llevaría hasta la capital amazónica peruana.

Cuatro días más en la ciudad de Iquitos y en la selva amazónica  me separarían de una nueva travesía por el Amazonas que me llevaría hasta la brasileña Tabatinga.
En un merendero de Yurimaguas donde compre mi comida.
Sin duda, una de las experiencias viajeras más interesantes que he vivido, y que aunque Genaro probablemente nunca leerá mi relato, le agradeceré siempre su consejo de que hiciera este sustancioso viaje.
Consejo que extiendo a todo aquel viajero que anteponga el conocer la calidez humana de la gente, indescriptibles amaneceres y la naturaleza única del Amazonas sobre la comodidad que proporcionan otros viajes pero que carecen de estos valores y sensaciones…..

10 Comments

  1. Gracias por el relato!! El jueves me voy de viaje Tarapoto-Yurimaguas-Lagunas-Pacaya Samiria-Iquitos, también por la ruta fluvial la mayoría y buscaba informaciones, aquí he encontrado muchísimos detalles del viaje e informaciones que necesitaba 🙂 Gracias, suerte en tus próximos viajes!

  2. Carlos, me ha sido muy util tu relato. Estoy en la ciudad de Cuenca y pronto pasare a Peru para hacer la via fluvial. Mi objetivo es pasar unos dias en la selva peruana y luego partir para Manaos. Muchas gracias por la informacion. Mi blog es "mieuroviaje.blogspot"… saludos

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