PUERTO PRÍNCIPE. De la desolación a la esperanza.

«¿Haití? ¿Y por qué no…?»

Haití, Marzo 2013
Hay quién contestó cuando le preguntaron sobre la diferencia entre turista y viajero: «¿Lo quiere saber? Es muy fácil, vaya primero a Punta Cana, dejé allí su maleta y después váyase a Haití». Una respuesta clarividente para conocer la diferencia entre ambas condiciones de viajar.
Torre del Bicentenario 
¿Y por qué Haití? ¿Por qué gastar un tiempo de vacaciones en un país que solo va a aportar miseria? ¿Para qué ir a un lugar que no ofrece ningún atractivo turístico? Quizás muchos se hagan este tipo de preguntas, o puede que ni tan si quiera se la planteen. 
Mucho se habla del turismo solidario, un nuevo modelo de viaje donde se combina cooperación con inmersión cultural al límite, y mucho de recompensa espiritual. Haití sin duda ofrece todo esto y mucho más. El viajero cuando visite este país caribeño, se llevará muchas sensaciones consigo como pocos países le ofrecerán y que le fraguará para toda su vida.
Desde la polvorienta y caótica frontera terrestre de Malpaisse con la República Dominicana, se detecta con celeridad lo que se va a encontrar uno instantáneamente. 
Como si un enorme extintor hubiera descargado su polvo cubriendo la vegetación sobre las laderas del camino. Un paisaje lunático que se rompe por la presencia del lago Azuei que bordea la carretera y que constantemente amenaza con desbordarse provocando el cierre de la frontera en numerosas ocasiones.
El colorido tap -tap, el medio colectivo de transporte.
A medida que el viajero se vaya aproximando a Puerto Príncipe se sentirá confundido, desubicado por momentos.
Si nos dejaran caer allí de repente, cualquiera dudaría si realmente se encuentra en un país americano, o en un país de los tantos que hay en el oeste africano de pasado francés.
Monumento a la abolición de la esclavitud.
Su capital, Puerto Príncipe, que triste y repentinamente salió del ostracismo mundial por causa del terremoto de Enero del 2010, es posiblemente donde más de una manera sintética se pueda aseverar firmemente el estado de caos, desorden y desolación del país mas subdesarrollado del continente americano. Hasta entonces, poco se sabía de esta excolonia francesa. Azotada en un pasado no tan lejano de golpes de estado e inmerecidas dictaduras, y que lo catapultó a la última posición de América en índices de pobreza.
Si esto no fuera suficiente, ese fatídico terremoto descargó su ira con toda su fuerza sobre la capital provocando más de 300 mil muertes, otros miles más víctimas, y 1,5 millones sin hogar.
Ruinas de la Catedral de Notre Dame.
Tres años después, el panorama no deja entrever mucho halo de esperanza. 
Sólo con pasearse por el centro neurálgico de la capital, Champs de Mars, y sus parques y avenidas adyacentes donde se ubicaron por mucho tiempo los asentamientos después de la tragedia, es conmovedor ver el ruinoso estado los edificios civiles y religiosos más emblemáticos. 
A pesar de que muchos cascotes y escombros de los desprendimientos se han ido retirando, ver el Palacio Nacional o lo que queda del mismo, o la misma Catedral de Notre Dame entre muchos otros, es un claro ejemplo de lo que es hoy en día el centro de Puerto Príncipe. 
Precisamente en el lugar donde quedan los restos de Catedral, me resultó impactante ver a grupos de personas cantando y rezando con devoción, con Biblia en mano y enfrente de la cruz exterior que todavía se mantiene en pie después del seísmo.
Apenas, las estatuas de los libertadores haitianos Jean-Jacques Dessalines, y Alessandre Pétion que presiden la gran plaza Champs de Mars junto con otras, mantuvieron firmemente el tipo contra el temblor. Como si la imborrable estela que dejaron estos celebres personajes históricos en pos de la independencia haitiana y por la abolición de la esclavitud, siguieran omnipresentes con sus valores como ejemplo para un pueblo que nunca se debe rendir ante ninguna adversidad. 
No es Puerto Príncipe, y en la actualidad menos, una ciudad monumental ni para ver museos, aunque no está demás una visita al Museo Nacional de Historia para comprender de una manera general la historia del país desde antes de la llegada de los españoles hasta la actualidad. Se encuentra en un recinto subterráneo no muy grande en la que no permiten hacer fotos y como más representativo se exhibe el ancla original de la carabela Santa María de Colón cuando arribó a estas tierras en el día de Navidad de 1492.
Más allá del museo, el viajero solo ha de caminar y caminar y poner todos los sentidos posibles. Ese es el verdadero museo de Puerto Príncipe: niños y niñas a las horas de salida de las clases impecablemente uniformados, éstas con sus lacitos a juego con el mismo; puestos informales de comidas cocinadas con carbón; también de frutas y mazorcas; de pequeños electrodomésticos reparados, y sobre todo muchos puestos de viejos libros en francés.
Del mismo modo, es inevitable ver suciedad y basura en la calle entre el pestilente olor a cloaca, fruto del deficiente sistema de aguas residuales.
Por el centro de Puerto Príncipe recomiendo caminar al mismo ritmo que los locales, con un paso más bien acelerado en vez de acompasado para no dar una imagen exagerada de turista. Hay calles muy transitadas, y la calzada es tomada por los peatones de igual manera que las deterioradas aceras.
En Haití la inmensa mayoría es de origen africano traídos a la isla en la época colonial.
Los blancos y de origen asiático son generalmente extranjeros trabajando para organizaciones humanitarias. 
La presencia de coches todo-terrenos tipo patrol de la ONU y de UNICEF se le hará muy familiar al viajero que circulan entre el tránsito local de motos y furgonetas. Los tap-taps que son taxi colectivos al estilo pick-ups son muy recurridos para desplazarse. Suelen ir recubiertos con una lona, y con un alambrillo golpeándolo en la luna trasera del conductor se le avisa para apearse. Cuestan 15 gourdas (0,25€) y es la mejor manera de moverse en Puerto Príncipe. Otros que me encantaron son como camionetas recubiertas de un contrachapado de madera y pintadas con muchos colores vistosos que llaman mucho la atención y con dibujos de personajes de actualidad.
Eso si, todo el colorido y vistosidad exterior se reduce en su interior a un vehículo lúgubre, donde los asientos son transversales tablas de madera y atestado de gente.  Apenas se puede ver el exterior por las escasas y pequeñas ventanas de que dispone. Pero es otra experiencia imprescindible para el viajero.
Palacio Nacional. (Imagen superior derecha en su estado inicial)
La gente es bastante agradable con el visitante y se puede uno relacionar muy fácilmente aunque no sepamos hablar el criollo haitiano. Los que hablen francés lo tendrán más fácil.

A pesar de tener como vecina a la República Dominicana, apenas conocen el lengua de Cervantes, si exceptuamos los muchos haitianos que trabajan en el otro lado de la frontera como jornaleros. Pero el conocimiento del español está muy limitado entre la población. 

¿Y donde dormir? En Puerto Príncipe la oferta hotelera con los estándares de comodidad básicos es muy escasa y con caros hoteles situados en la cercana y más próspera localidad de Petionville.
Aprovechando la presencia de ONGs, variadas organizaciones internacionales para el desarrollo, y también de índole religioso, es una oportunidad excelente para colaborar activamente en ellas con nuestra labor, y también con alguna donación. 
En mi caso estuve en Ananda Marga Haití- AMURT cuyo cometido esencial es la de acoger y educar a niños y niñas sin hogar, la mayoría por abandono y victimas de la orfandad por el terremoto.
Gracias a una monja Yogui de origen canario que conocí en la frontera, me ofreció una de las aulas como hospedaje donde con el fino colchón encima del pupitre se convirtió en mi morada nocturna en los días que estuve. Nada más importaba. La ausencia de agua potable y luz eléctrica era sobrepasada con creces con la sonrisa de aquellos niños y niñas con los que conviví, que con el trozo de guanábana para desayunar, agarraban fuerzas para jugar desde muy temprano para aprovechar la luz solar.
En centro Ananda- Marga
Para aquellos que deseen reencontrarse en algún momento con lugares donde tomarse un buen café, conectarse a la red wi-fi o cenar en algún restaurante puede tranquilizarse,  tendrán su “oasis” en Pétionville.

Éste es un barrio cercano con alguna zona más residencial y con algo más de servicios que el resto de la capital. Para llegar se tendrá que tomar cualquier tap-tap que atraviese la carretera panamericana que obviamente nada tiene que ver con la clásica carretera que atraviesa el continente.

Con este relato sobre mis impresiones de la capital haitiana, animo fervientemente a visitar este pequeño país. 

Cada vez que compremos una manzana en un puesto de frutas, cojamos un transporte público, adquiramos una artesanía, y si además colaboramos y cooperamos en alguna actividad social o para el desarrollo, habremos puesto ese granito de arena tan necesario para que este pequeño país salga de su abismo. Su gente realmente se lo merece…

4 Comments

  1. Siempre te digo lo mismo, creo. Veo unos 'posts' muy elaborados y con jugosa información. Largos, más largos que los que yo escribo, pero ¡qué leches! se leen fácilmente y cuentan cosas.
    Haití siempre me ha parecido un destino obligado, pero……
    Creo que debe ser un poco África, un poco Caribe y un mucho de pobreza, pero….
    Ya me dirás algo más sobre 'el-proyectazo'.
    Un abrazo, joven.

  2. Sin duda un destino valiente, realmente no conozco a nadie que haya ido a Haití en plan viajero. Enhorabuena por ese viaje y por las emociones vividas al lado de esos niños, como bien dices, su sonrisa ya hace que merezca la pena estar allí.

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