El tren de Trinidad. Aquel día con los ferroviarios del Valle de los Ingenios

Un día viviendo de cerca el tren cubano de Trinidad por el Valle de los Ingenios desde su alma, es también motivo para vivir de cerca el día a día de la realidad cubana…
 
Trinidad. Cuba, Enero 2016
 
No sé si será deformación profesional, pero cuando visito cualquier lugar y me entero que pasa una línea ferroviaria, termino en algún momento ahí, y si puedo, tomo el tren para seguir viajando, o bien para hacer algún recorrido de ida y vuelta.
Eso mismo me paso en la ciudad cubana de Trinidad. Una ciudad superconocida. No creo que en la actualidad haya quien eluda visitar esta turística y colonial ciudad cubana.
No os voy a hablar de Trinidad, que para eso ya hay muchos blogs que os lo cuentan y mejor que un servidor, pero sí de la experiencia de viajar en tren local en Trinidad.
Tampoco os voy a hablar de un conocido tren turístico que sale por la mañana desde Trinidad, y que no es más que eso, un tren turístico hecho para y por los turistas que los pasean en un tren de época a través de algunos pueblos pintorescos del Valle de los Ingenios, para que en manada, hagan gasto de souvenirs. Pero bueno, también es una opción para al menos ver el paisaje de esa bella área azucarera.
                  Puesta a punto de la “chispita” antes de salir
Todo empezó un día que me acerqué por la Estación y vi un pequeño vehículo amarillo de vía y unos hombres del servicio de “vías y obras” alrededor del mismo. Les pregunté con amabilidad de qué se trataba ese vehículo. Yo ya me imaginaba por su aspecto que era de auscultación para controlar el aspecto de la vía férrea. Total, que hablando con ellos me comentaron que era una “chispita” y que  se iban a un puente a echar un vistazo el estado de la vía. Comentándole que yo era ferroviario en España (en aquel entonces yo trabajaba de maquinista), me dijeron: ¿por qué no se viene con nosotros, y se pasea?”
 
Ante esa sorpresiva proposición, un servidor no podía negarse y para allá que fuimos en ese cacharrillo de herencia rusa. Al menos la inesperada aventura estaba asegurada,  ¡y gratis!
Costó arrancarla, como si el motor estuviera gripado. Parecía una vieja cafetera italiana sobre raíles, pero tras unos cuantos chascarridos y unas fumarolas empezó a pistonear. No parecía que fuera la primera vez que les ocurría eso a Angel y Manuel. Aquellos empleados ferroviarios que me acompañaban en ese curioso artefacto que conocían a “la chispita” mejor que su propia mano.
Os muestro este  breve video del recorrido.
 

Llegar al puente fue un agradable viaje donde el fresco aire que golpeaba la frente aliviaba el húmedo calor caribeño. En unos 20 minutos, atravesó unos cuantos y cortos túneles, una vía poco asentada con balasto entremezclado con basura y yerba que crecía en la caja de la vía sin control. Y llegó el momento clave de atravesar el puente. Un largo puente que atravesaba el seco lecho del Río Guaurabo cuyas vías disponían de doble contracarril para impedir el descarrilo en el mismo. Tras rebasarlo, no parecía que habían observado irregularidad alguna en el puentey decidieron que era momento de regresar a Trinidad. 
El camino de regreso me pareció más corto, como si no quisiera que terminara nunca, hasta que de nuevo volvimos al punto de inicio. Me quedé con ganas de más.
Como si me leyeran la mente, me dijo Angel : ¿Por qué no vuelve esta tarde? Le presento al maquinista y se da otro paseo para que vaya con él hasta Meyer.
Tampoco me costó decir que no. Era una nueva oportunidad pero en un tren de viajeros.
                                   La típica imagen de la colonial ciudad cubana de Trinidad.
Para eso aún quedaban 4 horas, y tras despedirme momentáneamente de ellos, me regresé a disfrutar de las excelencia de la ciudad.
Al regresar a la estación, me metí en la sala de espera y compré el boleto en moneda cubana local CUP. No la que usan los turistas que es el CUC. Me costó 0.80 cups. Para que os hagáis una idea, 3 céntimos de Euro. La espera me recordaba más a las salas de espera de cuando visitas al médico que a la de una estación ferroviaria. No faltaban cuadros alusivos a Fidel castro, al Che Guevara incluso al de Chávez junto al tablón escrito con rotulador de las horas de salida y precios.
                                                         Parada del tren de Trinidad
Al rato llegó Angel con prisa. Amablemente me hizo las gestiones para que fuera en cabina con el tren para cuando partiera. Y así fue.
El tren se pareciá más a un autobús sobre raíles que a un tren en sí y con sólo una cabina. A su hora programada salió. Las 5:20 de la tarde.
Samuel, el maquinista me llevó a mí en cabina y los aproximados 100 pasajeros que iban detrás. No todos sentados en incómodos asientos que irían vaciando a medida que iba parando en los 13 apeaderos en que recorría la línea hasta Meyer.
La tripulación, además de Samuel, iba otro en cabina que no sabía cual era su función, y otro más que cobraba los billetes en ruta y además daba la salida en los apeaderos.
Ferroviarios cuyas jornadas de trabajo eran muy peculiares. 14 horas diarias durante 7 días seguidos, y después 7 días de descansos consecutivos. De sueldo no hablamos.
                                               Interior del tren de Trinidad al llegar a Meyer.

El trayecto era entretenido. La velocidad de aquel tren no superaba los 40-50 km/h. En vez en cuando se sumaba algún paisano que pasaba a la cabina con cajas de huevos y leche que iba dejando en algún apeadero que otro por algun encargo. 
Las paradas del tren coincidían con los pasos a nivel sin barrera de caminos poco transitados en cuanto a vehículos de motor, pero sí de traccíon animal. No faltaban caballos, cabras y vacas sueltas merodeando la vía que se apartaban al primer bocinazo que daba Samuel.
La mayor población por donde pasó fue Iznaga conocida por una hermosa torre que se veía a lo lejos desde el tren y que representa un atractivo cultural del Valle de los Ingenios.

                                                    Una de las 13 paradas del recorrido.

El meneo del tren por el deficiente estado de la vía me costó algún golpetazo que otro contra la ventanilla.
Para amenizar el viaje, un chico conocido del personal ferroviario se sumó a los tres que ya estábamos en cabina y sacó una botellita de ron Santiago de Cuba. Por su color dorado debería ser añejo y le metimos un buen meneo.
Puede escandalizar al lector pero no es más que algo para dejarlo en su ámbito cultural y localizado no extrapolable a si eso se hiciera en España. La tarde iba cayendo poco a poco y el sol se escondía poco después de llegar a Meyer.
                                                         En la cabina del tren a Meyer.
Al llegar a Meyer se vació el tren. Se veía poca vida en la aldea. Como si hubiera llegado el tren al medio de la nada. Llegamos con cierto retraso y nos fuimos a una casa a unos 50 metros de la parada. No se veía mucho más por ahí. Una señora nos recibió a los empleados y a mí con mucha cortesía y por supuesto con un café recién  preparado. Aquella casa era el habitual lugar de descanso para aquellos ferroviarios. El trato familiar nos hacía sentir como en casa que ni el perro ladraba.
Ya con la noche cerrada esperaba otra hora y cuarto para volver a Trinidad. No antes sin que el tren hiciera una extraña maniobra para colocar la cabeza de su única cabina dirección a Trinidad a través de un triangular sistema de vías que jamás había visto antes.
                                                     Estación de Meyer. Final del recorrido.

El regreso a Trinidad fue totalmente a oscuras. Apenas se veía la zona de vía que alumbraba los faros del tren hasta que se iba aproximando a la Avenida de la Estación de Trinidad.
Ese día casí por entero fue dedicado a esta inesperada jornada ferroviaria y para conocer más cerca la vida real de la gente. En particular esos días los aprecio más a veces que muchos museos y maravillas Unesco que se cruza uno por ahí. Y todo empezó con aquella espotánea conversación por aquella “chispita” que vi junto a la estación con Ángel y Manuel.
Nos vemos en la próxima aventura viajera, viajero.
 
Este post va dedicada a mi hermana Clara, viajera y ferroviaria como yo. La primera que leía mis posts y que seguramente lo siga haciendo ahora desde el Cielo, o desde bien seguro en algún lugar para personas que como ella que adoraron a su familia. DEP hermanita.
 

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1 Comment

  1. Bueno, bueno. En la foto con Raul Castro (se parece el ‘jodio’ maquinista) se te ve feliz. No podía ser menos con tu curriculum. Me ha encantado tu doble paseo ferroviario, y me ha parecido una oportunidad única en un viaje. Te felicito. Sobre todo, el trayecto en ‘la chispita’ que, por cierto, me ha recordado a uno que se hace en una zona en Camboya.
    Adelante con tus experiencias!!.
    Mi cercanía y mis sentimientos por lo que desconocía (respecto a tu hermana Clara).
    Un abrazo.

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